El estado de las religiones en Francia, por Danièle Hervieu-Léger

El rasgo característico de la escena religiosa francesa es, sin duda, la presencia dominante del catolicismo en la historia y la cultura nacionales. Sin embargo, esta primera observación introduce asimismo una segunda: Francia es uno de los países menos religiosos en una Europa que, al mismo tiempo, constituye la región más secularizada del mundo. Recientemente, la descripción se ha enriquecido con un nuevo detalle: Francia acoge a la mayor población musulmana en toda Europa, formada por cerca de 5 millones de personas. Ésta reivindica su plena integración en el espacio nacional. Más allá de estas "marcadas tendencias" se vislumbra un paisaje religioso en plena recomposición: una recomposición que está transformando profundamente el compromiso laico que asegura, desde hace ya un siglo, la gestión de la religión dentro de los límites de la República.

Catolicismo: el fin de un mundo

¿Los franceses siguen siendo católicos? La continua erosión de las prácticas, el hundimiento demográfico del clero y la desarticulación de la civilización parroquial que ha modelado los paisajes franceses, su patrimonio arquitectónico y su cultura, justifican esta pregunta. Tras las fisuras abiertas durante la Primera Guerra mundial, el declive iniciado en los años 1945-1950 sufrió una brusca aceleración a partir de los años setenta. En 1981, el 71% de los franceses declaraban su pertenencia al catolicismo. En 1999, representaban un 53%. La práctica litúrgica mensual era del 18% en 1981, frente al 12% actual, porcentaje que desciende hasta el 8% si tenemos en cuenta la práctica semanal, lo que representa un descenso del 35%. Este declive alcanza el 53% en la franja demográfica entre 18-29 años, en la cual apenas el 2% acude a la iglesia cada semana. En 1965 había 41.000 sacerdotes y en 1975 se contaban 35.000. En el año 2000 existían 20.000, un tercio de los cuales tenía menos de 66 años. Se prevé que en 2020 Francia cuente con 6.000 a 7.000 sacerdotes como máximo. En 1983 existían 37.500 parroquias, 14.200 de las cuales tenían un sacerdote residente. En 1996 este número se redujo hasta 30.700, de las que solamente 8.800 tenían un sacerdote residente. Desde principios de los 80, el número de bautizos y matrimonios en la iglesia, estable durante largo tiempo, se ha visto considerablemente reducido: 4 de cada 5 niños recibieron el bautismo durante su primer año de vida a finales de los sesenta. En 2000, esta proporción era de uno de cada dos niños, y se prevé que en 2020 se reduzca a uno de cada tres.

A tenor de estas cifras, el catolicismo francés se muestra exangüe. Algunos indicadores muestran, sin embargo, que no carece de vitalidad. Parece incluso capaz de hacer emerger formas de movilización originales dentro de este contexto de secularización extrema. En todas las diócesis existen vastas operaciones de reestructuración del tejido comunitario. Cabe destacar el compromiso activo de la población laica, indispensable debido al déficit clerical. 600.000 laicos, de los que una aplastante mayoría son mujeres, se encargan de la catequesis, animan la vida litúrgica y garantizan la preparación de los fieles para la recepción de los sacramentos. Una parte de ellos está oficialmente a cargo de capellanías (hospitales, centros escolares, prisiones) e incluso de parroquias (845 en 2001 frente a 28 en 1983). El número de diáconos aumenta rápidamente: de 1.500 actuales, se pasará a 3.500 en 2020 si las ordenaciones diaconales continúan al mismo ritmo. El éxito de fórmulas pastorales nuevas o renovadas, como las grandes reuniones de jóvenes y las peregrinaciones, parece mostrar que la Iglesia dispone aún una considerable capacidad de movilización, más allá del declive de la observancia.

Pero este dinamismo es frágil. El número de laicos comprometidos que dan vida a la institución está abocado a una reducción inevitable, teniendo en cuenta la pirámide actual de edades y la poca implicación de las generaciones más jóvenes. La disminución del número de clérigos acentúa el confinamiento de los mismos a las tareas rituales que solamente ellos pueden realizar. La frustración que sufren provoca el malestar de los laicos, a menudo encomendados, con poco acierto, al ejercicio de las responsabilidades pastorales que se les confía. En cuanto a la capacidad de movilización de la Iglesia respecto a la juventud, ésta continúa estando limitada, fundamentalmente, a las capas sociales que constituyen su hábitat tradicional: más allá de la minoría de jóvenes que todavía reciben una socialización católica familiar, el "efecto JMJ" (la movilización asociada a las Jornadas mundiales de la juventud alrededor del Papa, a las cuales los medios de comunicación aportan una gran resonancia) es extremadamente precario y frágil, poco susceptible de renovar, a corto o medio plazo, formas estables de pertenencia católica.

La Iglesia católica y los debates éticos

La jerarquía de la Iglesia francesa es perfectamente consciente de esta fragilidad. En lugar de embarcarse en una "reconquista" que en otros momentos movilizase esfuerzos misionarios generosos e inventivos, de cuyos atolladeros es bien conocedora, esta jerarquía prefiere acompañar teológica y pastoralmente el testimonio minoritario al que se ve reducida. La posición modesta que asume solamente encuentra oposición en algunas corrientes que pretenden reforzar la visibilidad de la institución respondiendo de forma directa, en el campo del dogma y de la moral, a las necesidades de certidumbre de una parte de la población católica desestabilizada por los cambios sociales y culturales actuales. La Iglesia, discreta en el terreno político, asume con valentía las debilidades pasadas y se esfuerza por ejercer un "magisterio ético" propio en la escena pública. No obstante, la empresa es difícil, puesto que los franceses se encuentran cada vez menos inclinados a considerar que aporta una respuesta a los problemas morales (menos del 22% entre 1981 y 1999), a los problemas que surgen en la vida familiar (menos del 25% entre 1981 y 1999) y a los problemas sociales (menos del 21% entre 1990 y 1999). Las intangibles posiciones romanas sobre la contracepción y el aborto, sobre el divorcio, sobre la homosexualidad e incluso sobre la asistencia médica a la procreación acentúan inexorablemente el desfase cultural entre la Iglesia católica y la opinión francesa. La Iglesia subraya, lógicamente, que ella define sus posiciones respecto al mensaje del que es depositaria y no en función de las expectativas de la sociedad. Sin embargo, esta exterioridad reivindicada respecto a las cuestiones que conciernen de lleno a la producción de normas colectivas no facilita en modo alguno el posicionamiento de la institución en los grandes debates étnicos contemporáneos, lo cual es claramente visible en los debates respecto al control de la vida o a la eutanasia. Si bien existen expectativas en la sociedad francesa respecto al catolicismo, pese a la erosión de la confianza en la institución (que ha pasado de un 54% de opiniones positivas en 1981 a un 44% en 1999), éstas conciernen principalmente a la capacidad de la Iglesia para "responder a las necesidades espirituales" de los individuos. Pero la satisfacción de estas necesidades se busca en un mercado de bienes simbólicos muy extendido, en el cual la Iglesia se encuentra ciertamente presente, pero donde no puede aspirar a monopolio alguno.

Las « minorías religiosas históricas »: entre disolución cultural y reafirmación de identidad

El incremento de la fragilidad del catolicismo francés no significa que las minorías religiosas históricas no se hayan visto afectadas por las recomposiciones presentes. El protestantismo y el judaísmo, por su parte, deben enfrentarse a delicados problemas de redefinición de su identidad pública:

- dos tercios de los protestantes franceses, cuyo número total se ha calculado en 600.000 ó 700.000, son calvinistas miembros de la Iglesia reformada de Francia, de Iglesias reformadas independientes y de la Iglesia reformada concordataria de Alsacia y Lorena. Se calcula que el número de luteranos asciende a 200.000. A diferencia de la Iglesia católica, el protestantismo francés (que no tiene ningún problema de incorporación pastoral) ha tenido históricamente una relación positiva con respecto a la democracia, a los ideales modernos de libertad y al laicismo, un laicismo a cuya construcción han contribuido grandes figuras protestantes, especialmente en el sector escolar. Esta « modernidad protestante », consolidada por la importante contribución de los protestantes a la vida pública y al servicio del Estado, aporta al protestantismo francés una imagen globalmente positiva frente a la opinión pública. Un número considerable de franceses no protestantes originariamente (500.000) declara su proximidad personal respecto de una religión sinónimo de austeridad y de rigor, así como de compromiso social y de apertura a la racionalidad crítica. Pero esta afinidad del protestantismo francés con el humanismo laico y la cultura moderna del individuo contribuye, al mismo tiempo, a cierta disolución de la "diferencia protestante", una disolución que refuerza la importancia de los matrimonios mixtos y que favorece también, según opinan algunos, la apertura ecuménica de las instituciones protestantes francesas. Los protestantes "desprendidos", que no leen jamás la Biblia y no dan educación religiosa a sus hijos, representan más de un cuarto de la población protestante global. Sin embargo, cabe subrayar al mismo tiempo la progresión de un protestantismo evangélico, baptista o pentecostista, que no se limita a la Misión popular cíngara, surgida en Francia en 1952 y vinculada a la Federación protestante de Francia, que actualmente cuenta con 100.000 fieles en Europa. El éxito de un protestantismo (estadísticamente limitado, pero significativo) emocional y de identidad, fuertemente refractario al ecumenismo, vuelve a plantear, en el seno mismo de las Iglesias de la Reforma, la cuestión de la especificidad protestante y de las modalidades de su afirmación en la sociedad francesa;

- El judaísmo francés (600.000 a 700.000 personas) también atraviesa un periodo de importantes turbulencias. La experiencia bisecular de la emancipación y de la integración, el trauma del genocidio y la creación del Estado de Israel han modificado profundamente las condiciones de afirmación de la identidad judía en una sociedad en la que los matrimonios mixtos se han multiplicado y donde las elecciones religiosas provienen de una decisión individual y no de la evidencia de una transmisión familiar y comunitaria. Creado por Napoleón en 1808, el Consistorio se encuentra formalmente a cargo de la administración del "culto israelita" pensado como una "Iglesia judía" dentro del marco confesional y dirigido por un presidente laico y por un gran rabino.

Este modelo de organización típicamente francés fue sacudido fuertemente por la llegada de los judíos del norte de África a Francia en los años sesenta, portadores éstos de un judaísmo de fuerte componente étnico, que abrieron restaurantes y tiendas de alimentación, pero también sus propias sinagogas, servicios comunitarios y escuelas. Este entorno preocupado por la conservación de las particularidades étnico-religiosas constituye el terreno en el que se desarrolla la actividad de las corrientes neo-ortodoxas obsesionadas por la disolución de la identidad judía. Estos movimientos defienden simultáneamente el retorno a una observancia religiosa integral y la reafirmación comunitaria del judaísmo francés. El más conocido de todos ellos es el movimiento de los Lubavitch, herederos de una tradición hasídica revitalizada en Estados Unidos. Su número en Francia se calcula en 10.000.

Liberalización institucional y bricolaje individual de creencias

Estas primeras consideraciones sobre el estado de las grandes confesiones ponen de manifiesto, de un modo convergente, la liberalización de las instituciones que caracteriza, en primer lugar, a la escena religiosa. Tanto en Francia como fuera de ella, el rasgo dominante de la modernidad religiosa no es la pérdida de creencias y el incremento acelerado de la indiferencia espiritual, como se ha pensado durante largo tiempo. El porcentaje de franceses que declaran firmemente no tener ninguna creencia religiosa (14%) ha aumentado ligeramente a lo largo de los últimos veinte años, pero aumenta mucho menos rápidamente que el número de quienes afirman creer en un "poder" o una "fuerza sobrenatural" que no saben definir con precisión. La creencia en un Dios personal (que presenta los atributos del Dios judío y cristiano) está sufriendo una erosión regular. El hecho principal no es la reducción del credo, sino su diseminación individualista independiente de los grandes "códigos del credo" definidos por las instituciones religiosas. En una sociedad donde la autonomía de los individuos se afirma en todos los sectores, la creencia religiosa no es una excepción. Más que decantarse por la conformidad con las "verdades" enarboladas por las instituciones, los individuos se unen a la autenticidad de una búsqueda espiritual personal y se "elaboran" cada vez más libremente relatos creyentes que les permiten aportar un sentido subjetivo a su experiencia del mundo. El aumento de los recursos culturales disponibles contribuye a la multiplicación de estas composiciones creyentes "a la carta". El éxito de las espiritualidades orientales, la moda de un budismo aclimatado a las expectativas de realización personal de los individuos (600.000 franceses se declaran cercanos al mismo), la fortuna de la creencia en la reencarnación (que posee el 20% de los franceses) constituyen indicios indicativos de este despliegue masivo de una espiritualidad de la realización de sí mismo, donde los derechos de la subjetividad priman ante todo.

Las reivindicaciones comunitarias

Este movimiento de individualización no resume en sí mismo el curso de la modernidad religiosa. Ésta, en la medida en que desestabiliza los grandes códigos de sentido que ofrecían a los individuos respuestas a preguntas últimas sobre su existencia, hace surgir asimismo nuevas solicitudes de certidumbres compartidas. La inestabilidad propia de las sociedades sometidas al imperativo del cambio suscita reafirmaciones de identidad a través de las cuales los individuos intentan enfrentarse a la condición social y psicológica incierta a la cual este cambio les somete. El recurso de identidad al Islam de las jóvenes generaciones surgidas de la inmigración, en posición precaria de integración social, económica y cultural, encuentra aquí su principal explicación. Pero sería incorrecto imaginar que estas afirmaciones de identidad conciernen únicamente a los musulmanes. En todas las sociedades democráticas, los individuos reclaman ahora cada vez más la posibilidad de hacer un uso público de sus derechos privados: a pesar de su rechazo histórico de toda forma de comunitarismo, Francia no se ve excluida de esta tendencia. La misma afecta especialmente a la afirmación pública de las identidades religiosas que expresan una condición minoritaria que apela a un reconocimiento específico, en una sociedad profundamente secularizada. Esta lógica de identidad se aplica al judaísmo francés, pero también a un catolicismo ampliamente privado de los cimientos mayoritarios que un día le pertenecieran.

Un reto para el laicismo

Liberalización institucional y bricolaje individualista de creencias, por un lado, refuerzo de las identidades comunitarias por el otro: la modernidad religiosa se inscribe específicamente en esta tensión que no toma en consideración los principios fundamentales sobre los que se apoya el modelo francés del laicismo. El laicismo "histórico", construido para contener las posibles intrusiones de la Iglesia romana en la esfera pública, se basa en tres pilares: en primer lugar, la afirmación del carácter privado de las creencias; en segundo lugar, la protección pública del ejercicio pacífico del culto; y finalmente la responsabilidad por parte de las autoridades religiosas de la regulación interna de la vida de las comunidades. Este sistema ratificado por la ley de 1905 se encuentra actualmente conmocionado.

Por un lado, los individuos reivindican cada vez con mayor intensidad (tanto en el sector religioso como en el resto de sectores) su reconocimiento público dentro de la especificidad de sus identidades individuales y comunitarias. Por otro lado, la liberalización institucional de lo religioso priva al Estado del apoyo cooperativo de las autoridades religiosas reconocidas como tales por los fieles. Existen dos puntos extremadamente clarificadores de las dificultades de adaptación de las políticas públicas religiosas a este nuevo contexto:

- el primero es el de la "lucha contra las sectas" gobernado, hasta ahora, por el proyecto de erradicar todas las formas desconocidas y supuestamente amenazadoras para la religiosidad que se detecten fuera del marco confesional acreditado por la historia. Es poco probable que esta política defensiva pueda detener, más allá de la represión normal de los delitos y crímenes del derecho común, la proliferación (internacionalizada) de nuevos grupos religiosos y movimientos espirituales favorecida por la desmonopolización de las grandes instituciones del credo ;

- El segundo (y el más importante) es el del Islam convertido en segunda religión en Francia. Esta presencia del Islam no es una nueva realidad en sí misma: no es necesario recordar la importancia del islamismo en la Francia colonial, ni el antiguo asentamiento de poblaciones inmigrantes provenientes de países islámicos en territorio metropolitano. Pero la situación ha sufrido una profunda transformación durante los últimos treinta años, paralelamente al cambio sufrido por las condiciones de los inmigrantes provenientes del Maghreb para trabajar en Francia.

La sedentarización definitiva de las familias en el país de acogida y la llegada de la edad adulta de las generaciones musulmanas nacidas en Francia (y actualmente poseedoras de la nacionalidad francesa) contribuyen al establecimiento duradero de un Islam de diáspora, para el cual la perspectiva de un retorno al país de origen ha perdido toda su plausibilidad. La multiplicación de los lugares de culto, la reivindicación de la creación de espacios musulmanes en los cementerios y la afirmación del derecho de las jóvenes a llevar el fular en la escuela (cuyo impacto polémico es bien conocido), constituyen las manifestaciones más evidentes de una solicitud de reconocimiento público del lugar del Islam que acompaña a esta estabilización definitiva de la población musulmana. Esta reivindicación, que se afirma con una fuerza tan grande como la integración económica, social y cultural, resulta más difícil de obtener para los interesados, y en especial para los jóvenes. Para éstos, que son los más vulnerables a las amenazas de exclusión, la religión tiende a convertirse, como demuestra una serie de recientes encuestas, en el lugar de conquista de su dignidad y de la construcción de su individualidad. Los más jóvenes reivindican la posibilidad de vivir pública y colectivamente un Islam del que se apropian considerándolo una dimensión fundamental de su identidad cultural y social, la única que pueden reivindicar específicamente frente a los "franceses de pura cepa". Viven su religión, cuya herencia rara vez reciben de sus padres, en el seno de una vasta constelación de asociaciones, cuya proliferación subraya la débil estructuración el Islam francés y su dispersión en múltiples corrientes.

Esta situación plantea directamente el problema de la institucionalización del Islam y su integración en el interior del entorno religioso francés. Dado que no se dispone, constitutivamente, de una autoridad central reguladora (como la Conferencia episcopal o el Consistorio judío), el Islam no se presta fácilmente al esfuerzo de confesionalización perseguido por todos los gobiernos (tanto de derechas como de izquierdas), que desde hace veinte años desean conseguir una organización del Islam francés. El acuerdo logrado en julio de 2001 sobre la constitución de un Consejo francés del culto musulmán marca probablemente un punto de inflexión. Sin embargo, el problema no termina ahí.

Dado que el Islam constituye un conjunto de identidades colectivas fuertes, éste no toma en consideración la lógica de la privatización de las creencias religiosas que requiere el sistema confesional, un sistema en cuyo seno, además, no se beneficia en gran medida del acceso al ejercicio libre y digno del culto en los espacios dispuestos a este efecto. El apoyo público a la construcción de mezquitas que permitan este ejercicio en condiciones normales se enfrenta aún a fuerzas de resistencia locales. A menudo se plantea la cuestión de saber si el Islam es capaz de adaptarse por sí mismo a la modernidad democrática. Esta cuestión no se encuentra bien planteada si olvidamos que toda religión se construye y evoluciona con la población en la que se encarna, en este caso, la población musulmana francesa que reivindica precisamente su plena integración en la sociedad francesa.

Más allá del problema propio del Islam, la cuestión principal es, en realidad, la del laicismo en sí mismo y de su capacidad para adaptar sus valores, sus prácticas y sus dispositivos jurídicos a la escena religiosa pluralizada con la que debe, en adelante, formar un todo.

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* Danièle Hervieu-Léger es directora de estudios en la Escuela de altos estudios de ciencias sociales. Es directora del Centro de estudios interdisciplinarios de hechos religiosos (CEIFR, CNRS/EHESS).

Las opiniones expresadas en este artículo son la responsabilidad exclusiva del autor.

publié le 10/03/2005

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