Discurso de Laurent Fabius en el Senado sobre la política exterior

El 15 de octubre, frente al Senado francés, Laurent Fabius, ministro ministro de Asuntos Exteriores y Desarrollo Internacional hizo una declaración sobre la política exterior de Francia.

Señor Presidente del Senado,
Señor Presidente Raffarin,
Señoras y señores Senadores,
Queridos amigos,

En primer lugar, gracias al presidente Raffarin por organizar este debate, a los ponentes, que han hecho una enorme labor y al conjunto de oradores por sus intervenciones.

Se han abordado cuatro temas principales relacionados con los cuatro informes de su comisión: las relaciones con Rusia, el papel internacional de Irán tras el acuerdo nuclear, el crecimiento de China y, por último, el clima.

Naturalmente, voy a responder a las preguntas que han surgido alrededor de estos cuatro puntos, pero espero que no me guarden rencor si aprovecho el debate para dar una visión de conjunto de nuestra política exterior porque, ustedes mismos lo han dicho, en un mundo global e interconectado, todo está ligado.

El presidente Raffarin, en esta tribuna, ha desarrollado una síntesis muy poderosa y no quiero ponerle en un compromiso diciéndole que me identifico ampliamente con sus palabras: el concepto de independencia, lo que se ha dicho sobre Irán, sobre Rusia, sobre el clima, sobre China, país que conoce extremadamente bien, observaciones con tintes de gran diplomacia, pero cuyo significado hemos entendido, sobre la postura estadounidense. De hecho, todo ello es ampliamente compartido por todos los escaños. Creo que lleva el sello de la observación y el sentido común.

A veces se nos pregunta por los principios que orientan nuestra acción exterior desde 2012. Si tuviera que quedarme sólo con uno, creo que sería la independencia. La independencia de Francia, ¿cómo definirla? Es nuestra capacidad para definir libremente lo que consideramos justo y para actuar en consecuencia. Dicha independencia – como muy bien han dicho unos y otros – forma parte de nuestra historia y de la visión que tenemos de nuestro papel en las relaciones internacionales, y contribuye a dar credibilidad a nuestra diplomacia. Es una clave de nuestra influencia. Indudable y afortunadamente, tenemos socios, tenemos amigos, tenemos aliados y queremos que dichos vínculos sean sólidos, pero el mundo sabe y ve que ante las grandes cuestiones internacionales, nos definimos de acuerdo con nuestro propio juicio y no bajo las presiones de algún protector. En otras palabras y dando nombres, ni Estados Unidos, ni Rusia, ni China, ni los países del Golfo, ni Alemania – países con los que tenemos relaciones muchas veces excelentes – ni nadie… Nada que no sea el interés de Francia y de los franceses y nuestra visión del mundo nos dicta nuestras decisiones.

En este punto es donde sí aportaría – dicho sea de paso – algún matiz a la apreciación – el haber formado parte del Consejo de Estado y después del Ministerio de Asuntos Exteriores y de haber frecuentado el Senado me llevan a emplear este tipo de lítote – del señor Billout, cuando, con un lenguaje, - lo reconozco – moderado, habla de la falta de ambición de Francia, de iniciativas insuficientes en el ámbito de Siria – retomaré este punto -, de propuestas poco claras y, de manera general, de una ambición demasiado limitada.

¿Y cuáles son nuestras decisiones? Ante un mundo caótico en el que las crisis vienen a sumarse a otras crisis, rechazamos lo que denominaría – no hablo de ninguno de nosotros - diplomacia veleta, que no sabe fijar o mantener un rumbo, que actúa a bandazos e incluso a golpes, que confunde la audacia del verbo con la valentía de la acción, una diplomacia que podría encarnar la bella frase de Danton a Vergniaud. Danton le dijo al revolucionario Vergniaud: «Habla y cree que ha actuado». Por ello, junto al presidente de la República y al Primer Ministro y bajo el control del Parlamento, hemos definido cuatro prioridades, queridos amigos, que determinan mi acción con concreción: la paz y la seguridad, la organización y la protección del planeta, la reimpulsión y la reorientación de Europa, la recuperación económica y la proyección de nuestro país. Cada vez que tenemos que tomar decisiones de política exterior, recurrimos a esta brújula.

En primer lugar – y naturalmente, ustedes han tratado ya la parte fundamental -, la paz y la seguridad. Ante la acumulación de peligros y de crisis, Francia debe ser una potencia de paz, y lo es. Lo hemos demostrado – y todos ustedes han querido recordarlo – en el asunto de la industria nuclear iraní. Ante el riesgo de proliferación, adoptamos una postura que califiqué como firmeza constructiva que, de hecho – algunos lo han recordado – después los iraníes no nos han reprochado en absoluto: sí a un acuerdo pero a un acuerdo que descarta de manera segura, es decir, comprobable, el acceso de Irán a las armas nucleares. Esta firmeza ha permitido alcanzar el robusto acuerdo del 14 de julio de 2015. Durante toda la negociación, con total independencia y responsabilidad, defendimos – porque era nuestro papel y nuestra concepción – los intereses de la seguridad internacional y de la paz.
Entonces, la gran pregunta que han hecho con razón consiste en saber si el acuerdo puede ser útil ahora para la estabilidad, en especial en Oriente Medio. Lo esperamos, pero lo juzgaremos cuando haya datos, especialmente – y retomo términos que han empleado y elegido a la perfección – para comprobar si Irán se implica de manera concreta y positiva en varias cuestiones: la iniciativa de reconciliación que lleva a cabo el primer ministro Al Abadi en Irak, la salida del punto muerto institucional en el Líbano, una solución pacífica en Yemen y el apoyo a los esfuerzos del señor de Mistura, el enviado especial del Secretario General de las Naciones Unidas para Siria, para aplicar el comunicado de Ginebra de 2012.

Si resumo nuestra postura, que si he entendido bien, es también la de todos ustedes, el Acuerdo de Viena puede abrir paso a un mundo más seguro. Irán, país importante y gran civilización, debe participar en él, pero las cosas no están adquiridas y juzgaremos al país no por las proclamaciones, sino por las acciones. Me sumo así a los informes del señor Legendre y del señor Reiner cuando uno y otro han subrayado – de hecho, estando totalmente de acuerdo si he entendido bien – que, durante la visita del presidente Rohani a París, había que fijar una hoja de ruta – estamos trabajando en ello y he apuntado su insistencia acerca de la dimensión cultural, educativa -, que, por otra parte, están el aspecto diplomático y el aspecto empresarial y que ambos debían explorarse, que el Acuerdo de Viena era positivo pero que seguíamos – expresión del señor Reiner – expectantes. Es decir, en otras palabras, que necesitábamos trabajar juntos en el plano – he apuntado – de los conocimientos, del turismo, de las cámaras de comercio y de otros aspectos. Por tanto, en este aspecto creo que las cosas están claras y que, una vez más, nada nos divide.
Este mismo compromiso al servicio de la paz y la seguridad es el que lleva estando al mando, desde hace ya algo más de tres años, de nuestra postura en la tragedia siria. Y pienso que hay que ser bastante preciso a este respecto porque a veces se dan interpretaciones que no me parecen corresponderse con la realidad. Es un drama, un drama espantoso y probablemente, si me permiten, el peor drama en términos cuantitativos desde el comienzo del siglo. Las atrocidades terroristas se suman a lo que bien cabe llamar barbarie de Bashar Al Asad. La postura de la diplomacia francesa – tengo sobre todo en mente al señor Billot – se vertebra en torno a varios puntos fijos que quiero precisar.

En un primer lugar, debemos luchar contra Daesh y contra los demás grupos terroristas lo más colectivamente posible. En lo que se refiere a Francia, lo hacemos en Irak desde hace un año, junto a más de 60 Estados, en el marco de una coalición que no debe cejar en su acción. Desde hace algunas semanas, lo hacemos en Siria, en legítima defensa, contra blancos que amenazan nuestra propia seguridad. ¿Qué no se diría si, con blancos identificados, es decir, con grupos que amenazan con matar a franceses o europeos, no reaccionáramos?

Todos aquellos que quieran sumarse a nosotros en esta lucha son bienvenidos a condición de que – y lo dije en la tribuna de Naciones Unidas – sus ataques vayan dirigidos efectivamente contra los terroristas. Condenamos aquellos que alcanzan a los civiles y aquellos que alcanzan a los valientes opositores moderados que defienden una visión de Siria que coincide con la nuestra, es decir, una Siria unida, democrática y que respete todas las comunidades. Rusia ha intervenido. He observado que, a día de hoy, Daesh y los grupos terroristas no son más que blancos marginales suyos y que centra más sus ataques en la oposición a Al Asad. Hasta el punto de que – lo hemos visto estos últimos dos días – con el avance de Daesh hacia Alepo, avance que puede estar relacionado con la desestabilización de los opositores moderados por los ataques rusos.

Otra condición – he fijado tres en nombre de Francia – que pone nuestro país es el cese de los bombardeos a civiles con explosivos – lo que en inglés se llama «barrel bombing». Esta violencia por encargo – cosa que no se rebate – de Bashar Al Asad, alimenta tanto el grueso del flujo de refugiados como el extremismo. Me han pedido iniciativas, nos planteamos presentar una resolución sobre esta cuestión en Naciones Unidas. Es un punto absolutamente incuestionable.

Por último, tercer elemento, queremos favorecer una imprescindible transición política, muy difícil y que muestre al pueblo sirio, entre otras cosas, que el responsable del 80 % de los 250 000 muertos de Siria y de millones de refugiados no será su futuro. Y sí he oído el argumento que algunos desarrollan, no muy extensamente aquí, pero que se oye cada vez más, de que Al Asad podría ser un antídoto para el caos; cuando es el principal responsable del caos. Otros dicen: «Pero en el fondo, comparado a Daesh, es el mal menor». Y entonces – y sé que puede ser motivo de debate entre nosotros -, más allá de la falta moral, consideramos que aliarnos con Al Asad implicaría un punto muerto político porque no se ve bien cómo ir, hacia una Siria realmente unida si no se produce la marcha de Bashar Al Asad en uno u otro momento. Y si no hay fuerzas sirias unificadas, incluidas las militares, tampoco habrá una lucha eficaz contra Daesh y contra los terroristas.

Desde 2012, abogamos y actuamos por una transición. Los parámetros los conocemos, es el comunicado de Ginebra de 2012. También sabemos cuáles son los actores. En este punto es donde mi comunicación o su información quizá sean insuficientes. Hablamos de ello con Estados Unidos, naturalmente, que a veces parece interesarse más por la zona del Pacífico que por Oriente Medio o por Europa. Hablamos de ello con los europeos, los árabes, los turcos, los rusos y los iraníes. Estamos listos para actuar con todos pero bajo las condiciones que acabo de mencionar porque consideramos que son dichas condiciones, especialmente la transición de salida, las que garantizarán su eficacia.

Si este debate me ha permitido explicar la postura de Francia, lo hago con mucho gusto. Sabemos, efectivamente –punto que todos han mencionado y en el que estoy totalmente de acuerdo – que en Siria, al igual que en Irak, en Mali, en Libia, la paz no es pacifismo pero, además, la acción militar, por muy considerable que sea, debe ir acompañada de avances políticos.

En Irak, apoyamos la iniciativa de reconciliación del primer ministro Al Abadi, porque consideramos que sólo un régimen calificado como inclusivo y las fuerzas iraquíes unidas podrán luchar eficazmente contra Daesh.
En Mali, tras nuestra intervención militar de 2013, nuestra diplomacia se ha movilizado para permitir el acuerdo de paz y reconciliación que se firmó el pasado mes de junio y estamos hoy comprometidos con facilitar su aplicación.
En Libia, considero, habiendo tomado distancia, que en 2011 se cometió un error– quizás no era ésta la intención pero el hecho está ahí – al considerar que no se debía operar con precisión el seguimiento tras la acción militar. Desde 2012 apoyamos los esfuerzos diplomáticos del representante del secretario general de Naciones Unidas, Bernardino León, para que se forme un Gobierno de unidad nacional.

Por tanto, ya se trate de Siria, de Irak, de Mali o de Libia, al final la lección es la misma: ante el terrorismo, si se quiere restablecer la paz y la seguridad, no existe solución militar eficaz de no haber evolución política y en este sentido es como queremos actuar.
También actuamos como potencia de paz – varios de ustedes también lo han apuntado – ante el embrollo israelo-palestino. El recrudecimiento de la violencia en Cisjordania, en Jerusalén y en Gaza nos preocupa enormemente. Desde hace meses, me han oído alertar sobre el riesgo de conflagración y hemos estado un poco solos. Se ha cumplido, de ahí la urgencia de reimpulsar un proceso político creíble que permita avanzar hacia una paz justa y duradera.

Francia, a veces demasiado sola, toma la iniciativa. En el debate político nacional, a veces oigo cómo se nos dice que no nos movilizamos lo suficiente a este respecto. Pero saben, cuando hablo con mis socios extranjeros, tienden más bien a sostener lo contrario. En cualquier caso, llamamos a la comunidad internacional a que no permita que la solución de los dos Estados se desmorone. Incluso alertamos sobre el riesgo, que parece lejano pero quizás no tanto, de que Daesh pueda, en un momento dado, hacerse con la causa palestina con las correspondientes consecuencias en cadena, que serían dramáticas.

En la última Asamblea General de Naciones Unidas – y cosa en la que no se ha insistido, tampoco la prensa -, organizamos un encuentro inédito que se correspondía con nuestra solicitud de un grupo internacional de apoyo, del Cuarteto, pero esta vez ampliado a los actores árabes clave, así como a los socios europeos. Consideramos que este formato, que en absoluto queremos abandonar y que es nuevo, puede ayudar a volver a crear un horizonte político y a empujar a las partes hacia la reanudación y, esperémoslo, el éxito de las negociaciones.
El grupo internacional de apoyo al que me refiero podría fijarse como objetivo concreto las medidas de confianza con objetivos inmediatos para relajar las tensiones: un apoyo colectivo a la reconciliación palestina y la elaboración de garantías y compensaciones internacionales que, a fin de cuentas, cada parte necesitará para firmar el acuerdo esperado.

El pasado mes de noviembre, señoras y señores, ante la Asamblea Nacional – y tuve ocasión de repetirlo ante el Senado – dije que si este último intento de solución negociada no culminaba, Francia asumiría su responsabilidad reconociendo al Estado palestino. Desde lo alto de esta tribuna, reitero este compromiso. Francia no abandonará ni la exigencia de seguridad para Israel, ni la de justicia para los palestinos. Querría decir a este respecto que, ante esta crisis, al igual que ante otras crisis – y en este punto, los distintos oradores han dicho cosas muy interesantes -, nuestra diplomacia no se define a favor de un bando o de otro. No elegimos a los palestinos frente a los israelíes o lo contrario. Del mismo modo que en las crisis de Oriente Medio no apoyaríamos a los suníes frente a los chiíes o lo contrario. Francia es amiga tanto del pueblo israelí como del pueblo palestino. Francia no tiene por qué tomar partido entre dos corrientes del islam. Nuestra guía – ahora volveré a hablar de ello – es la voluntad de actuar, independencia para la seguridad y la paz.

La posición de nuestra política exterior pretende ser equilibrada, independiente y orientada hacia la exigencia de paz. Precisamente es esta exigencia la que nos ha llevado a estar implicados desde hace meses en la resolución del conflicto entre Rusia y Ucrania. El objetivo consiste en detener la espiral de guerra y crear las condiciones para que regrese la paz. De ahí – con nuestros amigos alemanes – nuestro diálogo particular con Rusia y Ucrania en el marco de lo que hemos llamado «Formato Normandía». Hoy mismo, estamos movilizados para que se apliquen los Acuerdos de Minsk 2 de manera efectiva, en especial el punto político. La cumbre «Normandía» de hace unos días en París – participé en ella – ha sido útil. A pesar de los bandazos, el respeto del alto el fuego progresa, el acuerdo sobre la retirada de las armas de pequeño calibre se va aplicando a poco a poco.

Un punto muy importante: las elecciones declaradas unilateralmente por los separatistas en la región del Donbass, que podrían haber firmado el fin del proceso de Minsk, se han pospuesto. Queda mucho trabajo por hacer y, por experiencia, debemos ser prudentes, pero estamos avanzando, por ejemplo – ya que oigo que no hablamos lo suficiente con Rusia – gracias a nuestro diálogo continuo con los rusos. Nuestra línea ante dicho país – retomo expresiones perfectamente justificadas -, es de diálogo y firmeza. Firmeza porque no podemos aceptar violaciones del derecho internacional, como la anexión de Crimea, y diálogo porque el compromiso ruso forma parte de la solución.

Por tanto, en la cuestión ucraniana, al igual que en las demás, trabajamos con los socios clave para servir a la seguridad y la paz. Si hubiera de resumir nuestra postura respecto de Rusia – puesto que es objeto de uno de los cuatro informes -, a la que nos une una larga historia y una geografía evidente, hablaría fácilmente de cooperación atenta. Seguiremos hablando con los rusos de todas las cuestiones pero sin renunciar a nuestra lucidez ni a nuestros principios. También en este punto comparto las palabras tanto del señor del Picchia, como de la señora Durrieu y de todos los que han abordado estas cuestiones. El señor del Picchia nos dice: «Ya sería necesario que Francia dijera que desea que se levanten las sanciones gradualmente». ¡Pero si lo decimos! ¡Se lo digo desde esta tribuna! Siempre y cuando, por supuesto, se cumplan las condiciones. No se trata de mantener sanciones perpetuas, esto no tendría sentido. Penalizaría a los rusos y nos penalizaría a nosotros mismos. Naturalmente, las otras sugerencias que se han hecho merecen ser analizadas.

Respecto de esta primera prioridad de nuestra política exterior, paz y seguridad, me gustaría decir unas palabras pero me esperaba que en este foro las cosas quizás se abordaran de manera crítica, no ha sido así. Puede que también me refiera a la Asamblea Nacional. A veces se oyen críticas sobre la cuestión de los derechos humanos. Hablemos de ello unos minutos. Estas críticas callan la movilización de nuestra red diplomática en todos los foros multilaterales en los que se defienden dichos derechos, en particular una causa de la que he hecho una gran causa de nuestra diplomacia : la abolición universal de la pena de muerte. Estas críticas ignoran los esfuerzos que hemos realizado en muchos casos individuales, lejos de las cámaras y los micros, porque, con el paso de los años, he comprendido que, las más de las veces, es una condición necesaria para la eficacia. Estas críticas también desconocen nuestras posturas, fuertes, en favor del Estado de Derecho, por ejemplo – he recibido hace un momento a los tunecinos galardonados con el premio Nobel – nuestro apoyo a la transición democrática tunecina. Equivale a olvidar que la lucha a favor de los derechos humanos no son solo protestas imprescindibles ante una situación individual dada de tal régimen, también equivale al compromiso sin falla con la paz y la seguridad que acabo de describir, porque la guerra y el caos son la primera violación de los derechos humanos. A través de nuestros esfuerzos diplomáticos, a veces a través de intervenciones militares, protegemos el derecho de la población a vivir en paz y en seguridad. Es por tanto la primera prioridad, seguridad y paz.

La segunda prioridad de nuestra política exterior es la organización del planeta y su protección. En cuanto a la organización del planeta, se refiere a la promoción de una sociedad mejor regulada internacionalmente, de ahí nuestro apoyo constante a la ONU. Se ha recordado la necesidad de reformar la ONU: estoy totalmente de acuerdo. Setenta años después de su creación, hay carencias, pero, a pesar de todo, la ONU es un lugar único en el que la comunidad internacional se esfuerza por resolver las crisis, respetar los derechos humanos y ponerse de acuerdo sobre una visión común del desarrollo y el futuro del planeta. Creemos en la ONU a pesar de todas sus limitaciones. Abogamos por reformas que la hagan más representativa y más eficaz. Deseamos una ampliación de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, que dejaría, entre otras cosas, más sitio para los países emergentes. Proponemos – cosa que se ha criticado pero pienso que la crítica no está justificada – que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, en caso de crimen en masa – es el caso de Siria -, suspendan voluntariamente su uso del veto para evitar que se paralice el Consejo. El derecho de veto, a nuestro entender, no es un privilegio, es una responsabilidad. Sin duda se habrán dado cuenta de que el Presidente francés, en la última Asamblea General de las Naciones Unidas, se comprometió a que Francia no hiciera uso del veto en este caso. Es una decisión importante pero que no se puede criticar en nombre de una renuncia a nuestro papel. ¡No! Incluso pienso, manejando – pero no excesivamente – la paradoja, que si se quiere dar total legitimidad al derecho de veto, hay que evitar los excesos como ha sido el caso, en especial en la cuestión siria. Nuestra decisión sirve a la seguridad internacional de la paz y a un multilateralismo renovado y legitimado.

También actuamos por un planeta protegido. La señora Giraud, la señora Aïchi, el señor Perrin han querido intervenir a este respecto y he apuntado sus comentarios. Se los agradezco y hago mías sus observaciones. La señora Aïchi ha destacado hasta qué punto no podía actuar en este ámbito sin una visión a largo plazo; el señor Perrin ha planteado toda una serie de preguntas perfectamente legítimas sobre la incidencia de los cambios climáticos, los conflictos, las migraciones, los fenómenos extremos, la pobreza; el tema es ése. La señora Giraud ha tenido a bien decir que me movilizaba por el clima. Sí, estimado señor Presidente, lo confirmo y sin competencia alguna, hasta el punto de que mis colegas extranjeros me han apodado, con un juego de palabras intraducible en francés, «El Clima-ratoniano». Actuamos en aras de un planeta protegido, éste es el objeto de la conferencia mundial que sugiero llamemos la conferencia de París, no por arrogancia, sino porque así es como todos los extranjeros la denominan. Cuando se habla de ella, entre nosotros no hablamos de COP21, sino que hablan de la conferencia de París, así que por qué no hacerlo también nosotros.

Cincuenta días. Recuerdan por qué fuimos candidatos, ¿no? ¿Por ser la historia de las conferencias climáticas internacionales una larga sucesión de triunfos? No fue por eso. Sino que al Presidente de la República, que fue quien tomó la decisión, le pareció que el reto de la conferencia era vital en el sentido etimológico del término, y que Francia debía asumir su responsabilidad. Aprovecho el que hayan abordado la cuestión climática para decir hoy, a unas decenas de días de París, cuáles son a mi entender los requisitos para el éxito. Veo por lo menos tres requisitos principales. Primero, el acuerdo ha de ser ambicioso, lo que significa que debe ser un acuerdo que permita limitar el calentamiento climático a 2 grados o, de ser posible, a 1,5 grados, de aquí a 2100. Estas últimas semanas, ustedes que siguen todo esto con atención han observado que ha habido cierto número de avances, en especial en el ritmo de la presentación de lo que se denominan contribuciones nacionales, ya que hoy cerca de ciento cincuenta países ya han presentado ante la ONU ese documento en el que definen sus compromisos. Es una novedad absoluta. Representa casi el 90 % de las emisiones, mientras que – tengan esta cifra bien en mente – el famoso protocolo de Kioto no cubre hoy más que el 15 %; es mucho más sin duda.
Basándose en las contribuciones anunciadas, se han dado ya las primeras estimaciones. La estimación oficial la tendremos el 1 de noviembre, pero las primeras estimaciones, realizadas por ONG, entre otros, dicen que estamos en la vía, según algunos, de los 2,7 grados, según otros, de los 3 grados. Es sin duda menos que los 4, 5 ó 6 grados del escenario catastrófico de la inacción y del IPCC, pero sigue siendo claramente demasiado. Por tanto, resulta absolutamente imprescindible, y es algo que habíamos identificado con antelación, que se adopte en París entre otras cosas una cláusula de revisión periódica al alza de los distintos compromisos nacionales, por ejemplo cada cinco años, para mejorar esta vía, que debe quedar por debajo de los 2 grados. Para mí es uno de los requisitos fundamentales para el éxito. No sé si soy claro, pero tenemos que contar con esta cláusula de revisión.
La segunda condición para el éxito de París, de la que se habla demasiado poco, es que debe ser un acuerdo jurídicamente vinculante: los ingleses dicen «legally binding». En efecto, el objetivo no es adoptar una mera declaración política. Hoy en día, puesto que la semana que viene, y la siguiente, tenemos reuniones de negociación formales e informales, las reglas vinculantes que tendremos que incluir en el acuerdo deben estar claras. También trabajamos por el refuerzo del mecanismo de seguimiento de los compromisos. La forma jurídica concreta está todavía, en este momento en el que hablo, por determinar. Este acuerdo debe tener la fuerza del derecho y en algunos países – pensamos en Estados Unidos, no poder conllevar un bloqueo automático durante la ratificación, no es fácil. El hecho de que el acuerdo sea universal debe ser una limitación útil. En efecto, el hecho de que todos los países formen parte de él será quizás el mecanismo de violación más disuasivo.
Por último, el tercer requisito, a mi modo de ver, es que debemos conseguir que el acuerdo vaya acompañado de medios financieros y tecnológicos que permitan que se aplique. Como recuerdan, en 2009, en Copenhague, los países del Norte prometieron a los países del Sur cien mil millones de dólares anuales para el clima en 2020. Esta promesa debe mantenerse porque es la clave de la solidaridad y la justicia, dos requisitos imprescindibles para llegar a un acuerdo en París. Estos últimos días, lo han sabido, hemos estado en Lima, en Perú, en la asamblea anual del FMI y del Banco Mundial. Estuve allí con mi colega Michel Sapin y, ahora, es un avance muy grande, a petición nuestra y de Perú, disponemos de un balance concreto de la situación actual. Porque hasta el momento, reflexión que me hice a mí mismo cuando me sumergí en el dossier, me decían que había que llegar a cien mil millones de dólares en 2020, pero nadie era capaz de decirme en qué punto estábamos en la actualidad; así que no veo cómo hubiéramos podido avanzar. La OCDE, en un informe muy completo, muy técnico, muy metódico, ha valorado en setenta mil millones de dólares la financiación destinada a los países del Sur en 2014 para el clima, de los que, lamentablemente, demasiados pocos para la adaptación a los efectos del cambio climático.

En la propia Lima, los bancos multilaterales prometieron hacer un nuevo esfuerzo de quince mil millones además del que ya hacen. Si se le suman los nuevos esfuerzos de algunos Estados y del sector privado que debe invertir, se podrían alcanzar ya los cien mil millones, lo que sería una ventaja de primer orden para el éxito de la conferencia de París. En cuanto a las tecnologías, cuestión totalmente fundamental para los países, en especial los del Sur – me refiero por ejemplo a algunos grandes emergentes como India -, se están realizando esfuerzos. Se desvelarán en mayor medida en la conferencia de París, especialmente una labor que llevamos a cabo junto a Bill Gates y otros para incrementar los presupuestos de I+D y de la inversión pública y privada dedicada a las energías renovables.

Las cosas avanzan, son prometedoras, pero hay grandes esfuerzos que realizar. Si no conseguimos estos tres resultados, un acuerdo ambicioso jurídicamente vinculante acompañado de medios financieros y tecnológicos a la vez que un progreso que no será jurídicamente vinculante pero que deberá acompañar a la COP en materia de precio del carbono y la ambición perseguida para 2015 – porque si queremos que el sector privado se involucre la visión debe ser a largo plazo; retomo lo dicho por la señora Aïchi – y si tenemos medidas rápidas y concretas, en especial un gran programa para iluminar África, que estudian distintas personalidades – en especial el que está a cargo de ello, el nuevo presidente del Banco Africano de Desarrollo, un hombre totalmente admirable que es el ex ministro nigeriano de Agricultura -, entonces, si conseguimos todo esto, podremos hablar de éxito el 11 de diciembre, durante la clausura de la conferencia.

El presidente de la República está en primera línea, junto con el conjunto del Gobierno, nuestra red diplomática y yo mismo. Cumplo mi cometido como futuro presidente de la conferencia para contribuir a su éxito. De hecho, estos últimos días he estado en Sudamérica, después en Arabia Saudí, también para hablar sobre el clima. Les informo de que a principios de noviembre reuniré a ministros de unos cien países para una pre-COP informal, porque, tras las anteriores COP, hemos llegado a la conclusión de que había que avanzar un máximo antes de la celebración de la conferencia propiamente dicha. En efecto, es muy difícil avanzar en todas las cuestiones cuando hay veinte mil delegados, veinte mil invitados. Por ello, en esta recta final – es bastante laborioso, pero creo que es necesario – vamos a redoblar esfuerzos para intentar lograr lo que, a escala mundial, podría ser el mayor avance diplomático de estos últimos años.

Su informe sobre el clima insiste mucho en la subida del nivel del agua como factor de cambio geopolítico, en especial a través de la cuestión de los desplazados por motivo del clima. Pienso que tiene razón y es un punto sobre el que estoy alertando constantemente, haciendo hincapié en que el desajuste climático también es un desajuste de la seguridad, y por tanto, la conferencia de París – así es como hay que presentarla – no será una mera conferencia medioambiental, sino también una conferencia sobre la paz.

La tercera prioridad es la cuestión europea. También aquí está todo relacionado. Se han sucedido las crisis que ya conocen. Hoy, además de todas las crisis anteriores, hay una crisis humanitaria, con una afluencia de refugiados provocada sobre todo por los conflictos en la vecindad inmediata de la Unión Europea. A veces añado una crisis democrática entre la opinión pública de las distintas naciones. No cabe duda de que los europeos siguen creyendo en una determinada idea de Europa, pero ahora asocian a menudo el funcionamiento de la UE con mucha burocracia, con paro, con dumping social, y todo ello crea un contexto favorable para las tensiones entre los Estados miembros, a repliegues nacionales, a discursos populistas que sacan partido de los miedos. Lo saben tan bien como yo.

Ante esto, debemos actuar basándonos en principios lo más claros posible. Los hemos definido: solidaridad, responsabilidad, firmeza. Son los que dan sentido a toda una serie de intervenciones del Presidente de la República, a veces solo, a veces con otros, a veces con la canciller Merkel. A este respecto, hoy en día la prioridad es la respuesta a las crisis porque el riesgo de desunión es elevado. El que ha nacido de la crisis migratoria, el que puede nacer del referéndum británico del que había alertado porque es un asunto extremadamente arriesgado, si me permiten, y es responsabilidad de los Estados miembros, y especialmente nuestra como país fundador, el dar respuestas en todos estos puntos – crisis migratoria, posibles avances, concretos – respuestas en torno a alguna consigna. Hay que simplificar pero, en mi opinión, no crear la ilusión de que podremos revisar los tratados a corto plazo, habida cuenta de la disposición actual de nuestros países. Primero hay que mejorar la situación económica y social y después podremos revisar los tratados. De la misma manera, tenemos que protegernos mejor, no sólo en lo que se refiere a la amenaza terrorista, sino también a través de la defensa europea y para otras operaciones.

Y, sencillamente, está la cuestión del desarrollo de la economía europea capaz de responder a los desafíos de hoy y de mañana. Lo que implica políticas ambiciosas en algunos ámbitos clave: energía, clima, sector digital, equidad fiscal y social… Todo ello implica una mayor convergencia hacia economías europeas, en especial en la zona euro. En las próximas semanas, se va a producir una serie de debates sobre la orientación de Europa, en relación, entra otras cosas, con el referéndum británico y las propuestas que el Gobierno del señor Cameron deberá formular.
Las examinaremos, por supuesto, junto a nuestros socios, con un sencillo principio en mente: sí a las mejoras de la UE, no a su desmantelamiento. Se lo he dicho a nuestros amigos británicos y espero que lo comparten todos desde sus escaños, para Francia, el lugar de Reino Unido se halla en la Unión Europea, pero a condición de que la UE se mantenga fiel a sus principios fundadores y que no tenga que renunciar a sus ambiciones.

Sobre todas estas cuestiones europeas, actuamos con el conjunto de nuestros socios y, especialmente, es normal, en primer lugar con nuestro socio alemán. Puede darse que nuestras visiones o nuestros intereses difieran pero, en tal caso, como es natural, defendemos nuestro propio punto de vista. En la mayoría de casos, afortunadamente, adoptamos una postura común, lo que representa una palanca muy poderosa para actuar.

La última prioridad de nuestra política exterior es la proyección de nuestro país. Ha hablado de diplomacia económica, no volvamos a ello. Es ya una de las prioridades adquiridas de la diplomacia por motivos que ya tuve ocasión de desarrollar, ayer en la Comisión. Retomo la expresión, creo que del presidente Raffarin, quien ha dicho: «La influencia política no puede estar desconectada del peso económico de forma duradera». Hemos lanzado pues, con el apoyo del Presidente de la República y del Primer Ministro, una serie de reformas : reorganización interna en los ministerios, instrucciones a nuestros embajadores, acercamiento con los empresarios, en especial con las pymes, representantes especiales en los países estratégicos, intensificación de los vínculos con dichos países, ampliación del perímetro del Quai d’Orsay al comercio exterior y al turismo, creación de nuevos operadores unificados - Business France - , Expertise France -, lanzamiento de operaciones mundiales de promoción de nuestro país, como la campaña «Creative France». Hoy tenemos ya los primeros resultados de dichas reformas, pero hay que perseverar necesariamente porque todavía tenemos muchos progresos pendientes.

Algunos dicen, pero no es el caso del Senado, que esta diplomacia económica nos llevará a abandonar la defensa de nuestros valores. No creo ni lo más mínimo en este argumento. Si quisiera hacerles sonreír, a aquellos a los que, fuera del Senado, gusta este argumento, citaría una frase que pronunciaba François Mitterrand a menudo, quien conocía bien las debilidades de la mente humana y que me dijo a menudo, refiriéndose a terceros: «No deben tomarse por ideas todas aquellas moscas que vuelan». Es cierto. En la mayoría de casos, la defensa de nuestros intereses económicos no es en modo alguno inconciliable con la promoción de nuestros valores. Por otra parte, mantener relaciones económicas con un Estado no significa, evidentemente, dar carta blanca a su régimen, para cada acción de política interior. Lo que se ha dicho, en especial lo dicho por la señora Goulet y por otros, me parece perfectamente legítimo. Evitemos el «bashing», ya se trate del «French bashing» o de otros «bashings», desde el mismo momento en el que no están justificados.

Y, cuando la situación lo impone, sabemos poner límites a la diplomacia económica y tomar decisiones difíciles. Es lo que hemos hecho, por ejemplo decidiendo no entregar los Mistral a Rusia, lo que algunos, siguiendo un razonamiento que me cuesta entender, han interpretado como un ataque a los rusos. Me cuesta entender por qué los rusos habrían aceptado firmar una rescisión con nosotros de haber sido contraria a sus intereses. Por supuesto, la dialéctica puede llegar a confundir los razonamientos más seguros. También hemos operado su reventa, por otra parte.
A esta altura de mi discurso, quiero decir unas palabras sobre China puesto que el informe – informe interesante – trata de ello. Nuestras relaciones con este gigante, gigante de ayer, de hoy y de mañana, son excelentes. Su informe destaca con razón que el nuevo modelo de crecimiento chino incidirá en gran medida en nuestras relaciones económicas. Pasando de un ritmo de crecimiento anual de dos cifras, hace unos años, a un objetivo oficial del 7 % en 2015, las autoridades chinas toman nota de las transformaciones cruciales que se están produciendo en su economía. Por haber hablado regularmente con ellas, sé que habían previsto dicha transformación, que el presidente chino calificó como nueva normalidad. De manera esquemática, China pasa de un modelo centrado en las exportaciones y la inversión a un modelo de economía desarrollada más centrada en el consumo interior.

Independientemente de lo que pueda parecer, es una buena noticia para China, porque el modelo anterior daba origen a movimientos especulativos sobre los mercados bursátiles, que por otra parte no tienen la misma incidencia que aquí. No es la bolsa la que financia a las empresas, fundamentalmente son los bancos, pero hay efectos sistémicos de peligro, lo hemos visto en verano. Esta evolución también es una buena noticia para el mundo aunque me haya permitido decir a las más altas autoridades chinas que sus explicaciones no habían sido, sin duda, las que debían haber sido porque, si bien estaba previsto, los mercados lo han recibido como una ruptura.

Sin embargo, el carácter desbocado del crecimiento chino traía consigo consecuencias perjudiciales para el medioambiente, en materia de contaminación y de agotamiento de los recursos mundiales. Esta nueva normalidad, que es un desafío histórico para China, que va a tener que volver a idear partes íntegras de su economía, que desarrollar una industria con fundamentos más respetuosas con el medio ambiente, está asumida. No es casualidad si, dentro de unos días, el V pleno del comité central del Partido Comunista chino del 26 al 28 de este mes de octubre, va a insistir en la necesidad de que prosigan las reformas estructurales. Las empresas de Estado, que representan el 50 % del PIB chino, se verán especialmente afectadas. En este contexto, muy bien analizado por los ponentes, debemos sacar el mayor partido a nuestras relaciones y en especial a la próxima visita presidencial cuyo eje principal será precisamente el desarrollo sostenible, el desarrollo de nuestras relaciones y la preparación de la conferencia de París.

El presidente irá acompañado de industriales de grandes grupos y de pymes. Visitará provincias, es el deseo de las autoridades chinas, y cerraremos nuevas colaboraciones de acuerdo con la hoja de ruta, también en terceros mercados, como varios de ustedes desean. Otros sectores podrán beneficiarse de la atención renovada de las autoridades a las necesidades de los consumidores chinos, no sólo el sector tradicional, sino también el agrícola, el agroalimentario, el farmacéutico y por supuesto el de las nuevas tecnologías. Para nosotros, una prioridad es estar presente en esta nueva economía china. Haciendo esto, Francia, que, antes que los demás y con total independencia, ha apostado por China, cumple su papel de acompañar al país en su emergencia.

A día de hoy ya se registran resultados. Espero que se confirmen. Por ahora no se han difundido. A pesar de la ralentización del crecimiento chino, y más aún de la notable contracción de las importaciones de China, que han caído un 15 % en el primer trimestre, las empresas francesas han visto cómo sus ventas han mejorado progresivamente un 14 % en el primer semestre de 2015. Creo que cabe ver en ello la contribución positiva de estos nuevos sectores de cooperación, que responden a las necesidades de una clase media de quinientos millones de personas. Nuestros empresarios también han entendido, creo, cómo abordar mejor esta evolución decisiva de la economía china. Nos toca movilizarnos a todos nosotros a nivel político, económico y administrativo para acompañarlos en este camino.

Señor presidente Raffarin, a menudo insiste en que la calidad de nuestras relaciones económicas con China se explica especialmente por la independencia de nuestra política exterior. Comparto totalmente este análisis. Decía al empezar mi intervención que nuestra independencia es una clave de nuestra influencia, no sólo nuestra acción diplomática, sino también nuestra influencia económica, es visible con China al igual que con el resto de países. Más allá de esta dimensión económica, y concluyo, deseaba que nuestra diplomacia implique a todos los campos de actuación exterior del Estado: la cultura, la educación, el idioma, los valores, la Francofonía – setecientos cincuenta millones de francófonos dentro de poco, en unas décadas, gracias al crecimiento de África, con la reserva de influencia económica que representa -, el turismo, tesoro nacional tanto para nuestra economía como para nuestra imagen en el mundo -, y lo dije ayer en la Comisión, pero quiero volver a decirlo porque mis palabras se transcriben oficialmente – hay que acostumbrarse a una idea sencilla que lamentablemente no se presenta así a menudo.
Cuando se comprueba cuáles son los mayores sectores económicos de Francia, ¿cuál es el sector que da dos millones de puestos de trabajo no deslocalizables, el 7,5 % del producto interior bruto, que sitúa a Francia en primera línea mundial, que nos aporta mucho más de diez mil millones de excedente y que sabemos que tiene futuro? La respuesta es el turismo. Hay pues que dejar de considerar este sector como un sector marginal, y considerarlo un sector absolutamente central de nuestro desarrollo, de nuestra proyección y esto explica los recientes anuncios, extremadamente considerables, – se los agradezco – de los dirigentes de la Caja de Depósitos, que aceptan que se movilicen más de mil millones de euros para el sector turístico para los próximos tiempos. En resumidas cuentas, me preocupo constantemente por liderar una diplomacia global, con medios financieros que indudablemente son limitados, pero que permiten avanzar. Puesto que la influencia de Francia en el mundo es multiforme, nuestra diplomacia también debe serlo.
He prometido remitir a cada uno de ustedes el proyecto llamado «MAEDI 21», que adoptamos hace unas semanas, que extrae las consecuencias de todo ello en términos de organización en el ministerio de Asuntos Exteriores para los próximos años. Toda una batería de reformas está prevista y, puesto que hablábamos de China, hay un asunto a la vez simbólico y real. En 2025, el 25 % de nuestros efectivos diplomáticos se situarán ya en los países emergentes del G20, y en 2017, es decir, dentro de dos años, nuestra primera embajada del mundo será nuestra embajada en China. Paralelamente, desarrollaremos localizaciones conjuntas de embajadas con nuestros socios europeos; reforzaremos los planes de seguridad de nuestra comunidad francesa en el extranjero; destinaremos – esto les interesa – un consejero diplomático ante cada prefecto regional para reforzar los lazos entre nuestra diplomacia y nuestros territorios nacionales; estamos instaurando verdaderos consulados digitales; y en 2020, todos los franceses del extranjero deberán poder realizar el grueso de sus gestiones consulares en línea las veinte cuatro horas del día. Alcanzaremos, también en 2020, la neutralidad total en las emisiones de carbono del Quai d’Orsay. He aquí algunos ejemplos de decisiones en las que medidas ortanizativas están en sintonía con la perspectiva general que debemos tener.
Señoras y señores, señor Presidente, en primer lugar, ruego me disculpe si me he alargado demasiado, pero no son muchas las ocasiones de presentar un panorama general que, por serlo, resulta coherente. He resumido las cuatro prioridades de nuestra diplomacia. Quiero decir, en nombre de todos ustedes y en mi propio nombre, que a estas prioridades les sirve una administración con grandes competencias a la que quiero manifestar aquí, iba a decir, mi gratitud, pero, al conocerles, diría, nuestra gratitud. No hay que ser arrogante. Francia sola no dicta su conducta a todos los Estados del mundo, pero allá donde voy, observo que, retomando una expresión que ya se ha utilizado, a nuestra voz se la espera y se la escucha.

Respecto de todas las cuestiones que acabo de evocar, creo poder decir que nuestra diplomacia hace honor a su rango, y, de hecho, parece que una mayoría de franceses lo perciben y sienten satisfacción, y a veces incluso cierto orgullo. No por ello hay que dejar de ser lúcidos. En Francia contamos con muchas herramientas, pero no todas las dinámicas espontáneas del siglo XXI irán a nuestro favor. Nuestro peso demográfico y económico se ve sistemáticamente abocado a reducirse en términos relativos. La competencia de los países emergentes va a acentuarse. Europa hace y hará frente a desafíos considerables, empezando por sus tendencias a la división. Esta observación no debe desanimarnos en absoluto, debe incitarnos a redoblar esfuerzos conciliando – pienso en la señora Aïchi – la gestión del corto plazo, el de las crisis inmediatas, y la preparación del largo plazo a diez o veinte años vista. En esta misión, sé que puedo contar con la acción de los parlamentarios, especialmente de los senadores, ustedes que nos acompañan en nuestra acción y que en general nos honran con su apoyo y su confianza.

Por su importante contribución a la calidad de nuestra política exterior, les manifiesto mi agradecimiento y, superando los colores políticos, ese bien precioso llamado interés de Francia sencillamente existe. Sé que todas y todos los que están aquí son sus defensores.

Gracias.

publié le 21/10/2015

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